Mariela's profileMariela Eula -Traduccion...BlogListsGuestbookMore ![]() | Help |
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UN MISMO IDIOMA...Si uno tiene frío en México, pide una chamarra. En Bogotá resuelve el problema con una chaqueta. En Buenos Aires haría falta una campera, pero no porque hace frío sino porque está fresco.
Y ojalá los problemas de comunicación entre nosotros -que hablamos el mismo idioma- terminaran ahí.
Por increíble que parezca, en Venezuela hay que morderle la concha al mamón para poder disfrutar de una fruta tropical. Es decir, hay que romperle la cáscara o la corteza con los dientes, para chupar la pulpa dulcísima adherida a la semilla.
Más increíble todavía: en México la cajeta se vende en frascos cuidadosamente alineados en los supermercados. Y tiene especial prestigio la que viene de Celaya, en Guanajuato. Dicen que no por nada ese estado es la cuna de la Independencia. Lo que pasa es que la cajeta –en México- no es otra cosa que el arequipe de los andinos o el dulce de leche de los conosureños.
¿Cómo –pregunto yo- es que los peruanos de mi generación fueron críados viendo el mexicano Chavo del Ocho, las argentinas soñaron con los besos del venezolano Fernando Carrillo, los mexicanos adoran tanto a la argentina Libertad Lamarque, si este idioma a veces parece una cosa de locos?
Si cuando vamos al cine comemos pipoca en Bolivia, crispetas en Colombia, pochoclo en Argentina, palomitas en México, cotufas en Venezuela, maíz pira en Centroamérica y –si la memoria no me traiciona- gallitos en Ecuador.
Si cuando hay, por ejemplo, una recepción de lujo en un local como este decimos que es una reunión de pitucos, conchetos, sifrinos, aniñados, fresas, hailones, pijos o gomelos, según el país de donde vengamos. O cuando vamos a salir de viaje le medimos el aire a las llantas, los cauchos, los neumáticos, las cubiertas o las ruedas.
Y si un día recorremos los canales de televisión del continente nos encontramos con que en Guadalajara “unos guaruras se fueron de reventón”, en Buenos Aires hay “un chabón que no se banca a la mina” y en Maracaibo “matraquean a los gandoleros con placas chimbas”.
¿Cómo es posible que nos entendamos si ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en el nombre de esta lengua que todos hablamos? ¿Castellano o Español? Tranquilos, no se preocupen, necesitaríamos otro Congreso y mucho más de tres días para llegar -no a una conclusión- sino apenas a un arreglo amistoso.
Para explicar el milagro de nuestra comunicación, los académicos nos hablarían de la raíz común y de los códigos compartidos y de la génesis de las palabras y de muchas otras cosas que yo sinceramente no conozco.
Este milagro de la comunicación se convierte en un asunto de magia blanca cuando uno comprueba en carne propia que no tiene más que utilizar las mismas palabras que balbuceó desde la infancia para negociar la tarifa de un taxi en Arequipa, pedir de comer en Medellín, alquilar una bicicleta en Cochabamba, enamorar a una muchacha de Cumaná, tomarse una cerveza en Ciudad Juárez y agarrar un autobús en Alicante.
Pero los problemas existen. Y se multiplican cuando en una redacción –como la del Servicio Latinoamericano de la BBC- conviven por lo menos 10 nacionalidades de hispanohablantes –o castellanohablantes, perdón- que tienen la obligación de comunicar rápido y bien lo que está pasando en el mundo a más de 500 millones de personas.
Y peor aún cuando pensamos que los países donde más se consulta BBC Mundo -nuestra página de internet- y donde más se escuchan nuestros programas de radio es en Estados Unidos, México, Argentina y España, en ese orden.
No es una tarea sencilla y a veces hemos metido la pata. Por lo menos estoy casi seguro de que la expresión meter la pata se entiende en todos estos países.
Ni siquiera hemos logrado un acuerdo en los nombres de los géneros periodísticos. Cunado un editor propone un reportaje, el colombiano entiende que quiere una pieza más o menos larga, investigada a profundidad y con todos los elementos de un hecho noticioso, mientras para el uruguayo, se trata simplemente de hacerle una entrevista a alguien.
Y, claro, a veces no nos percatamos de la falla comunicacional hasta que ya está terminado el producto.
Pero, en fin, lo que nos ocupa aquí es cómo nos comunicamos con nuestro público.
¿Y cómo se resuelve eso? ¿Nos inventamos un idioma más cercano al doblaje de las series y películas estadounidenses, totalmente desprovisto de colores y también de emoción?
Bueno, y ni siquiera ese idioma de los doblajes es tan neutro cuando uno se de cuenta de que en América Latina ese doblaje está lleno de inflexiones, giros y expresiones de la clase media del Distrito Federal. Y en España se adivinan el tono y los matices de la clase media de Madrid.
¿Debemos, al contrario, dejar que cada una de las regiones de este idioma hable por sí misma, de manera que de tanto estar ahí logremos que el argentino entienda que cuando el mexicano dice alberca quiere decir pileta, y que el mayamense llegue sólo a la conclusión de que el coche del español y su carro son la misma cosa?
Creo que de alguna manera eso ya está ocurriendo en nuestra audiencia, que es normalmente culta, instruida y, en muchos casos, con posibilidades de viajar y conocer otras culturas.
Teniendo en cuenta lo anterior, en el Servicio Latinoamericano de la BBC hemos tomado una decisión largamente reflexionada: a veces hacemos una cosa –es decir, nuetralizamos el idioma- y otras veces hacemos la otra –que es darle voz a las regiones del idioma-. Otras veces intentamos hacer las dos cosas al mismo tiempo y así nadie queda contento y se acaba la discusión. Pero en realidad casi siempre depende del humor del editor de turno.
Sin embargo, me parece que a veces subestimamos la inteligencia de nuestros lectores y pretendemos explicarle todo.
Si desde que navegamos por la red, podemos asomarnos a la realidad, y por lo tanto a la manera de organizarla, que es el idioma, de los países que comparten esta lengua.
Si en las listas de contactos de nuestros servicios de mensajes todos los que estamos en la sala tenemos gente de dos o tres países.
Si la globalización, mal que nos pese, llegó para quedarse. Y yo soy de los que creen que eso puede ser muy bueno para el idioma.
Esta lengua, al igual que las otras llamadas romances, no es otra cosa que el latín de los romanos, adoptado al uso de los pueblos que invadieron las legiones del César y otros emperadores.
Creo que lo que estamos atestiguando ahora es ese mismo proceso de adaptación, pero a velocidad turbo, gracias a la tecnología. ¿Qué hacemos? Por el momento propongo que le demos la bienvenida al caos.
Después de todo, esta lengua en transformación y en confrontación consigo misma ya es uno de los idiomas claves en la red y por lo tanto en el mundo.
Pretender acordar reglas o dictar fórmulas a esa realidad suena, cuando menos, utópico. Al que frente al hijo que crece, los invito a que celebremos el esfuerzo que hacemos entre todos para que nuestro idioma se abra paso en el mundo.
Una vez Ernesto Sábato le dijo a una colega de la BBC que intentar unificar la lengua era como hacer una orquesta compuesta únicamente por oboes. Es decir, amigos, aunque parezca que en cada uno de nuestros países tocamos un instrumento distinto, juntos sonamos muy bien.
Escrito por José Baig, periodista del Servicio Latinoamericano de la BBC de Londres, Congreso Iberoamericano de Periodismo Digital, celebrado en Buenos Aires en el 2003; y enviado por Alberto Gómez Font, Coordinador general, Fundación del Español Urgente (Fundéu) COPYRIGHT
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